Introducción
¿Sabías que tus emociones también influyen en lo que comes? Quién no se ha preguntado alguna vez cosas como: “¿Por qué tengo antojo de dulce?” “¿Cómo dejo de comer con ansiedad?” “Por qué sigo comiendo si siento que voy a explotar?”
La relación entre la alimentación y las emociones es más profunda y compleja de lo que, a priori, puede parecernos. Desde la felicidad que sentimos cuando compartimos unas pizzas con nuestros amigos hasta la búsqueda de consuelo en una gran tarrina de helado tras un día difícil: nuestras elecciones alimentarias están íntimamente ligadas a nuestro estado emocional.
La ciencia ha demostrado que no solo comemos por hambre fisiológica, sino también como respuesta a nuestras emociones (Herman & Polivy, 2008).
En este artículo, descubrirás cómo las emociones influyen en tus hábitos alimentarios, qué alimentos pueden evocar ciertos estados de ánimo y cómo utilizar toda esta conexión para mejorar nuestra relación con la comida y fortalecer nuestro bienestar general.
¿Qué implica comer? El “iceberg” de la conducta alimentaria.
Lo primero que debemos saber es que nuestra forma de comer no es casual… tiene una historia que merece ser entendida.
Pensamos que el comer está determinado simplemente por el hambre que tenemos, la disponibilidad de alimentos o nuestro deseo por cuidar el cuerpo (la parte visible del iceberg), pero sin embargo, nuestras elecciones y hábitos alimentarios están influenciadas por muchos más factores (la parte no visible del iceberg).
Profundicemos en algunos:
Publicidad, RRSS y cultura alimentaria:
Nos venden la comida ligada a emociones y deseos. Quizás te suenen alguno de estos ejemplos:
- Anuncios navideños que nos evocan nostalgia y tradición, mostrando familias siempre felices de compartir una mesa con abundante comida, alcohol y dulces.
- Cadenas de comida rápida, que nos prometen un placer inmediato al consumir sus hamburguesas. Todo ello acompañado de imágenes jugosas y eslóganes como: “porque te lo mereces”.
- Anuncios de alimentos con “etiquetas rosas” y recordatorios de que la comida “light” nos ayudará a conseguir un determinado cuerpo.
- Marcas de bebidas azucaradas o energéticas vendiéndonos felicidad, energía ¡o incluso habilidades sociales! Piensa, ¿cuántas veces hemos visto anuncios donde compartir una lata de refresco parece ser la clave de la amistad y la diversión?
- Otro ejemplo son alimentos para “engañar al hambre” y poder estar “en un peso adecuado” o bien, para “cuidarte”. Piensa en los anuncios de “sé más lista que el hambre, alimenta lo que eres, qué fácil es cuidar, etc.…” Todo ello encaminado a la necesidad de cuidarte a través del control emocional con la comida.
Todos estos mensajes se graban en nuestra mente y acaban formando parte de nuestras creencias y pensamientos. Sin darnos cuenta, generamos asociaciones entre ciertos alimentos y estados de ánimo, lo que influye en nuestras elecciones alimentarias y refuerza hábitos que poco o nada tienen que ver con el hambre real. Además, la cultura de la dieta ha impuesto —especialmente a las mujeres, aunque cada vez más también a los hombres— una constante presión por alcanzar un determinado peso o un cuerpo “perfecto”, lo que, muchas veces de forma inconsciente, también condiciona nuestra forma de alimentarnos.
Sabemos que un mal día puede acabar en una tarde de sofá y dulces. Es muy habitual, que, tras una jornada estresante, busquemos consuelo en una comida que nos haga sentir mejor, aunque sólo sea de forma momentánea.
Cuando este patrón se repite como búsqueda de alivio, frente a otras vías de gestión como el hablar con alguien de confianza, dar un paseo o realizar una actividad gratificante como leer un libro. Se convierte en un problema. Esto indica la falta de herramientas adecuadas para gestionar esos momentos, así como una gestión emocional inadecuada.
Cuando esto está presente, y se una más factores predisponentes y precipitantes de riesgos, podemos desarrollar un Trastorno de la Conducta Alimentaria (TCA). Detrás de esto, hay heridas emocionales no sanadas, experiencias traumáticas dolorosas, factores mantenedores estresantes, entre otros.
Sin embargo, en momentos vitales más complejos o cuando estas emociones impactan de forma persistente en nuestra forma de alimentarnos, podemos desarrollar patrones poco funcionales que se repiten y se consolidan, llegando incluso a desencadenar un trastorno de la conducta alimentaria (TCA). En muchos casos, detrás de estas conductas hay heridas emocionales no sanadas o experiencias traumáticas que ni siquiera hemos identificado.
Los TCA pueden convertirse en la expresión visible de un malestar profundo, una forma de gestionar el dolor cuando no hemos encontrado otra vía. La comida deja de ser alimento y pasa a ser refugio, escape o mecanismo de autocontrol.
Por eso, pedir ayuda no solo es necesario, es un acto de valentía y amor propio. Un profesional de la psicología puede acompañarnos en ese camino y ofrecernos nuevas herramientas para sanar esta relación, sin tener que recurrir a la comida como única salida.
Nuestra relación con la comida también se construye a partir de nuestras vivencias. Imagina a una niña o niño que, cada vez que tenía un mal día en el colegio o vivía una experiencia difícil, su madre le ofrecía su postre favorito para consolarla/e. Sin saberlo, su cerebro empezó a asociar el dulce con el consuelo. Años después, cuando el estrés o la tristeza vuelven a aparecer, su primer impulso es buscar ese mismo alimento para sentirse mejor.
Estas asociaciones son muy poderosas. Se graban en nuestra memoria emocional y, sin darnos cuenta, seguimos repitiendo esos patrones en la edad adulta.
Comprender de dónde vienen estas asociaciones es el primer paso para empezar a cambiarlas con conciencia y cariño.
Pero ¿por qué comemos como comemos? Lo que dice la ciencia.
Como señalamos al inicio del artículo, todos nos hemos preguntado por qué sentimos deseos irrefrenables de comer algo dulce cuando estamos estresados o por qué ciertos platos nos reconfortan más que otros.
No es casualidad.
Desde que nacemos, asociamos la alimentación con las emociones y esto sucede de forma instintiva. La ciencia tiene mucho que decir al respecto:
Durante la lactancia, además de recibir los nutrientes necesarios para sobrevivir, el bebé y su madre experimentan seguridad, apego, tranquilidad y refugio emocional. Basta observar a un recién nacido al alimentarse para comprenderlo: desde el primer día, ser amamantado es una experiencia emocional. El bebé se calma y se siente feliz con el contacto de su mamá.
Y esta maravillosa conexión comienza incluso antes de nacer. Un estudio reveló que los niños cuyas madres consumieron una dieta rica en azúcares y ultraprocesados durante el embarazo y la lactancia tienden a desarrollar una mayor preferencia por esos sabores en la infancia. En cambio, aquellos expuestos a una alimentación más variada desde el útero muestran una mayor aceptación de distintos alimentos en sus primeros años (Spahn et al., 2019).
Esto sugiere que heredamos, en parte, los gustos de nuestra madre y que, incluso antes de nacer, ya empezamos a construir nuestras preferencias alimentarias.
Pero lo realmente fascinante es que no solo heredamos esos sabores… ¡también las emociones asociadas a ellos!
Si nuestra madre recurría al chocolate cuando estaba estresada, es posible que, sin saberlo, repitamos ese patrón. Estudios han demostrado que un estado emocional negativo en la madre se relaciona con una mayor ingesta infantil de bebidas azucaradas y alimentos ultraprocesados, aumentando así el riesgo de sobrepeso en la infancia (Hampson et al., 2009).
Además, no solo se transmite el gusto, sino también el “significado emocional” de ciertos alimentos. Por ejemplo, si mamá comía dulces cuando se sentía angustiada, es probable que tú también busques esos alimentos en momentos similares. La afectividad negativa materna se ha vinculado con una mayor oferta de alimentos reconfortantes en bebés, lo que puede contribuir al aumento de peso y a una relación emocional con la comida.
Pero no todo se reduce al aprendizaje. La ciencia también ha demostrado que el consumo de carbohidratos, especialmente los de alto índice glucémico, aumenta los niveles de serotonina, el neurotransmisor del bienestar. Es decir, cuando comemos pan, pasta o chocolate, nuestro cerebro libera serotonina, generando una sensación de placer (Wurtman & Wurtman, 1995).
Por eso, en un mal día, tu cuerpo puede buscar automáticamente ese “subidón” químico para sentirse mejor.
Todo esto sienta las bases de lo que conocemos como alimentación emocional: un patrón que puede iniciarse en la infancia y acompañarnos toda la vida.
La buena noticia es que, cuando tomamos conciencia de ello, podemos empezar a tomar decisiones más acordes a nuestras necesidades en cada momento, sin renunciar al placer de comer.
Cómo influimos (sin darnos cuenta) en la relación de los niños con la comida
Como hemos visto, nuestra relación con la comida no empieza en la adultez, sino que se inicia en el útero materno y se moldea en la infancia.
Sin darnos cuenta, los adultos transmitimos ciertos hábitos alimentarios a los niños, muchas veces con la mejor intención, pero sin pensar en sus consecuencias a largo plazo.
Esto sucede, por ejemplo, cuando:
- Utilizamos la comida como premio o recompensa:
Frases como: “si te portas bien, te compro un helado o unas chuches” o “si apruebas, metes un gol o ganas, te llevo al Burger”, utilizan la comida como recompensa.
Y es que, al usar la comida como un premio, enseñamos a asociar ciertos alimentos con la sensación de logro o felicidad. Como adultos, esto se traduce en un impulso por comer cosas «ricas» cuando sentimos que hemos hecho algo bien o cuando buscamos una dosis de gratificación rápida.
- Utilizamos la comida como consuelo emocional:
¿Cuándo de pequeño llorabas te daban una galleta o un trozo de chocolate para calmarte? O, si estabas triste, alguien te decía: “Anda, come esto y se te pasa”.
Con un ejemplo real, esto se ve a la perfección: una paciente que no podía controlar sus atracones de sobaos. Le resultaba frustrante porque, aunque intentaba evitarlo, en cuanto tenía un mal día, terminaba comiéndolos compulsivamente. Cuando exploramos su historia, descubrimos algo clave: de niña, cada vez que tenía problemas en el colegio o en casa, su abuela la consolaba con un vaso de leche y sobaos mientras hablaban, se reían y ella se sentía calmada y segura.Para su cerebro, aquel alimento no era solo comida, era refugio, cariño y protección.
Esta conexión emocional con la comida no desaparece con los años, sino que se mantiene en el subconsciente y se activa en momentos de estrés o tristeza.
- Prohibimos ciertos alimentos, haciéndolos más atractivos.
¿Alguna vez te dijeron “no puedes comer esto” y de repente lo deseabas aún más? Cuando prohibimos un alimento por completo, le damos un aura de algo especial y deseado. Esto puede generar ansiedad y, en el futuro, desencadenar episodios de ingesta descontrolada. Por eso, en vez de demonizar ciertos alimentos, es más efectivo enseñar a los niños (y a nosotros mismos) a disfrutarlos con moderación y sin culpa.
Todas estas conductas transmiten un mensaje: que las emociones se calman con la comida.
Y, sin darnos cuenta, estamos enseñando a los niños a gestionar lo que sienten a través de lo que comen, en lugar de fomentar otras estrategias más sanas.
A largo plazo, esto puede favorecer problemas de peso, trastornos alimentarios y una relación poco saludable con la comida.
Educar en hábitos saludables sin caer en extremos es la mejor manera de evitar que la alimentación emocional les controle en la edad adulta:
Recuerda:
- No uses la comida como premio o castigo.
- Enseña a los peques a identificar sus emociones, expresarlas y buscar otras formas de manejarlas (hablar, dibujar, jugar, moverse).
- Fomenta una alimentación variada y equilibrada, sin etiquetar alimentos como «buenos» o «malos» y sin prohibiciones drásticas.
- Recuerda que comer produce placer… pero no debe ser el único refugio emocional.
¿Quieres saber más? Revisa el artículo de nuestro Grupo de Especialización en Nutrición Infantil: https://asnadi.org/nutricion-infantil/
Y… en la vida adulta, ¿cómo me afecta esto? Conociendo el “hambre o comer emocional”.
Seguro que más de una vez te has preguntado: “¿Esto que siento es hambre… o es otra cosa?” Es completamente normal. Nuestro vínculo con la comida, que se forma desde etapas muy tempranas, sigue influyendo en cómo, cuándo y por qué comemos en la edad adulta.
Para entender mejor este comportamiento, es útil distinguir entre los distintos tipos de hambre:
Hambre fisiológica (mal denominada real ya que todas se sienten como reales): Es la necesidad biológica de comer. Aparece de forma gradual, suele manifestarse con señales físicas (como el estómago vacío o un leve malestar) y cualquier alimento saludable puede saciarla.
- Imagínate que llevas horas en un atasco y han pasado varias horas desde tu última comida. Sientes un leve malestar en el estómago, un vacío que no te deja pensar en otra cosa y, si te ofrecieran un yogur, una fruta o frutos secos, te parecería una opción válida. Tienes hambre fisiológica.
Apetito: es el deseo de comer algo específico, aunque no tengamos hambre fisiológica. Puede estar influenciado por el entorno, la publicidad o simplemente la disponibilidad del antojo (por ejemplo, pasar por delante de una pastelería que huele de muerte).
Hambre emocional: Es la necesidad de comer para regular un estado emocional, ya sea ansiedad, estrés, tristeza o incluso felicidad (por ejemplo, en celebraciones).
Se manifiesta de forma repentina, suele ser muy concreta (antojo de algo dulce, salado, crujiente…) y, casi siempre, buscamos alimentos muy palatables y energéticos, como dulces, snacks o ultraprocesados. (Smith, J. et al., 2023).
Imagina ahora que llegas a casa después de un día agotador. Te sientes estresada/o, y sin pensarlo demasiado, te viene a la mente la imagen de una tableta de chocolate o unas galletas. No quieres una ensalada ni un plato de comida casera, solo algo dulce y rápido. Eso es hambre emocional: no estás comiendo por necesidad física, sino para regular cómo te sientes.
¿Es útil este comer emocional?
Las principales funciones que tiene este tipo de comer son dos: la búsqueda de placer y la evitación del malestar. Sin embargo, quedarnos ahí sería simplificar demasiado.
El hambre emocional no es perjudicial en sí misma, y puede gestionarse de forma saludable si se acompaña de una adecuada regulación emocional.
El hambre emocional no es perjudicial en sí misma, y puede gestionarse de forma saludable si se acompaña de una adecuada regulación emocional (Boswell, R. G., & Kober, H., 2023; van Strien, T., & Donker, M. H., 2023; Ackermans, M., Jonker, N., & de Jong, P., 2024). Un metaanálisis sobre adolescentes mostró que las dificultades en la regulación emocional están directamente asociadas con conductas de alimentación emocional desregulada. Fortalecer estas habilidades emocionales desde etapas tempranas reduce el riesgo de desarrollar problemas alimentarios. Por lo tanto, fomentar una regulación emocional sana en la infancia y adolescencia puede prevenir que el hambre emocional se convierta en un mecanismo exclusivo de afrontamiento (Hagan, K. E., & Ranzenhofer, L. M., 2025).
El comer emocional no es útil a largo plazo y está asociado a problemas de salud como sobrepeso, obesidad, dificultades para perder peso y/o mantener un peso saludable. (Smith et al., 2023).
Además, los alimentos que solemos elegir ante este tipo de hambre emocional suelen ser poco saludables, como la ultraprocesada y muy sabrosa lo que, a su vez, contribuye a la dificultad de encontrar un peso saludable y mantener unos hábitos alimentarios saludables (Dakanalis et al 2023).
¿Cómo identificar y manejar mejor este hambre emocional?
No se trata de eliminar por completo el comer emocional, sino aprender a gestionarlo de forma consciente.
Veamos un ejemplo real: Un paciente nos contaba que cada vez que tenía que enfrentarse a una reunión importante en el trabajo, terminaba en la máquina expendedora comprando chocolate. Lo hacía sin pensar, era su mecanismo automático para calmar los nervios. Trabajamos en reconocer su patrón y en encontrar estrategias alternativas como escuchar una canción que le subiera el ánimo y le diera sensación de control o llevar un snack que le reconfortara, pero más nutritivo. Con el tiempo, logró reducir su necesidad de recurrir al chocolate cada vez que sentía estrés. Sin embargo, también es importante no demonizar los alimentos ni restringirlos en exceso. Es decir, no queremos que este paciente no vuelva a comer chocolate; sino que encuentre alternativas que le sirvan igualmente para reducir esos nervios y que, elija libremente, sin culpa.
Más allá del comer emocional: los trastornos de la conducta alimentaria.
Los TCAs, como el trastorno por atracón, la bulimia nerviosa y la anorexia, suelen estar relacionados con una gestión inadecuada de las emociones y una percepción alterada de la alimentación y la imagen corporal. Si sientes que la relación con la comida está afectando tu bienestar físico y emocional, buscar ayuda profesional es fundamental, y un acto muy valiente de amor propio. Algunas de las claves para diferenciar entre el habitual comer emocional y los TCAs, son:
Desde la consulta del dietista… ¿Cómo podemos ayudar?
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- 1. Identificar banderas rojas. Si eres dietista ASNADI, descárgate nuestra infografía “Red flags para detectar posibles TCAS en la consulta y qué incluir en el historial clínico”, así como otros recursos interesantes para tu consulta.
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que apoyen la salud mental y te alejen de la culpa. No va a restringir ni demonizar alimentos, sino, todo lo contrario, te mostrará el patrón alimentario que más beneficios aporta a tu salud mental, nuestra archiconocida dieta mediterránea y te ayudará a salir de la cultura de dieta, identificando aquellas ideas obsoletas y mitos que dificultan que tu relación con la comida y con tu cuerpo sea de amistad.
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Conclusión: Haz las paces con la comida.
La relación entre emociones y alimentación es compleja, pero podemos hacerla más positiva y disfrutona. Comprender cómo influye nuestro estado emocional en lo que comemos nos permite tomar decisiones más conscientes y equilibradas. La clave está en escuchar a nuestro cuerpo, identificar patrones y encontrar formas saludables de gestionar las emociones sin recurrir siempre a la comida. Una dieta equilibrada rica en proteínas de calidad, grasas saludables, fibra y antioxidantes favorece un estado de ánimo positivo y reduce el estrés. ¡Recuerda que nuestra dieta mediterránea es así! Evitar demasiados azúcares refinados y ultraprocesados, que pueden causar picos y caídas en los niveles de energía, y afectar a nuestra estabilidad emocional puede ayudarnos, pero; recuerda: lo importante es quererte, respetarte y ser más autocompasivo evitando caer en un control excesivo o en la búsqueda de la perfección. Porque, la nutrición, como casi todas las cosas de la vida, no es ni blanca ni negra ¡hay una escala infinita de colores por descubrir!
Compártelo en redes sociales o con alguien a quien le pueda ayudar. Juntos podemos crear un cambio positivo en la forma en que nos relacionamos con la comida.
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- Spahn, J. M., et al. (2019). Influence of maternal diet on flavor transfer to amniotic fluid and breast milk. Advances in Nutrition.
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